martes, 3 de diciembre de 2013

La pedagogía de la ternura - alejandro cussianovich


Quizá debiéramos decir que es pedagogía siempre y cuando ésta sea asumida como una inevitable relación de poder, aunque lamentablemente no necesariamente revestido de amorosidad y expresión de la philía como diría Aristóteles, es decir cómo relación afectuosa entre pueblos. O en extraordinarias palabras de E.Morin, “La idea de amor no se haya circunscrita únicamente alrededor de la reproducción de la pareja, de la familia, del clan, de la nación: ha surgido como idea general, que expresa una ética propiamente humana-“amaos los unos a los otros”- y una exigencia orgánica de humanidad-“el género humano es la internacional”4 La ternura forma parte de las relaciones de poder entre el niño, la niña y sus progenitores, muy en particular con la madre. Es su relación primera y primaria con el mundo , casualmente con el adulto y con el adulto femenino. La madre es la matriz de origen, es la relación biológica bañada de afecto, de cariño. Es sin lugar a dudas la comunicadora privilegiada de un imaginario simbólico que marcará el proyecto personal de vida del niño, de la niña. Y es que la fuerza de este vínculo inaugural de la condición humana, es el fundamento de toda pedagogía que se quiera permanentemente crítica e innovadora de las demás relaciones humanas en el desarrollo de cada individuo y de sus colectivos de pertenencia. Ciertamente que la pedagogía tiene como irrenunciable tarea la de contribuir al desarrollo de cada individuo en cuanto autónomo, es decir, el acceso a lo que E.Morin llama el paso al autos.

La protección: un camino errático de la pedagogía de la ternura
 Poder que desde la Ternura se tiende a expresar como protección- e inexorablemente- cuando de niños y niñas se trata. Desde el pacto social de la modernidad en el que formalmente todos los seres humanos gozaban de los mismos derechos, en la práctica la mujer y la infancia quedaron excluidos como actores sociales, como válidos interlocutores en la política, en las cuestiones de carácter público. Sin embargo fueron asumidos sub especie de sujetos de protección por parte del estado y de la sociedad. La pedagogía toda estará -desde entonces con mayor fuerza justificatoria- marcada por este paradigma de la protección y el maestro será una especie de tutor, de protector del niño, niña que se le confíe. El episteme de la protección así entendida, deviene un factor de perversión de la práctica pedagógica revestida de ternura. Y es que la incoherencia entre una proclamación principista de igualdad del niño con los demás seres humanos y una desigualdad inocultable en el tejido social, favorece el recurso a expresiones de consideración, de trato y de afectuosidad para adulcorar la flagrante discriminación y exclusión de la infancia en el mundo adulto in toto. Por ello, hoy se ha reinstaurado, y no sin razón, el paradigma de la protección llamada integral, como el eje conceptual y práctico de la relación de la sociedad con la infancia y de la responsabilidad exigible al Estado.  
Es gracias al psicoanálisis que hoy sabemos mejor, y en esto la contribución de J. Lacan es fundamental como reto a desarrollarla, que la protección puede significar para el niño una de las experiencias más angustiosas de desamparo, por paradójico que ésto parezca. Podríamos decir que esto no es privativo del niño, aunque en la infancia pueda tener una significación más desgarradora.
Puede acontecer lo mismo con población adulta o anciana que en el crepúsculo de sus vidas experimentan la desprotección más cruel. Y es que devenir en objeto de beneficencia resulta en uno de los mayores desamparos.  
La Ternura, entonces, nos coloca ante otro epicentro en la relación adulto, adulta-niño, niña. Ambos estamos ante un cuarto elemento como diría Lacan, lo que hay detrás en el deseo de uno y otro, de una y otra.  Y es que los tres tiempos del que nos habla Lacan, el de la escucha, el de la comprensión y el de la conclusión, demandan una relación del adulto, adulta-niño-niña que no suprima o haga un collage inmaginaire, en palabras lacanianas, saltándose el comprender de ser así, la escucha se transforma en un simple oir –acción meramente fisiológica-y la conclusión, en una decisión arbitraria cuanto temeraria, por ello antipedagógica.


Si bien sentirse protegido deviene en una necesidad de sobrevivencia física y emocional, la sobreprotección puede preparar formas y estados de angustia y desamparo que incluso suelen ser resultado de nobles, pero equivocadas, expresiones de afecto. Pero se hace indispensable asumir avances que desde el psicoanálisis se han hecho en relación a lo que B.Bettelheim recordaba, “El niño necesita que se le dé la oportunidad de comprenderse a sí mismo en este mundo complejo con el que tiene que aprender a enfrentarse, precisamente porque su vida a menudo le desconcierta...”12 Dejarlo en la boca del cocodrilo, como Dupret señala recordando la imagen que utilizara Lacan, puede brindar una engañosa protección al niño y que de no mediar la intervención del padre o de quien haga sus veces, podría sumir al niño en una situación de insospechadas consecuencias no sólo comporta mentales, sino psíquicas.

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