Quizá
debiéramos decir que es pedagogía siempre y cuando ésta sea asumida como una
inevitable relación de poder, aunque lamentablemente no necesariamente
revestido de amorosidad y expresión de la philía como diría Aristóteles, es
decir cómo relación afectuosa entre pueblos. O en extraordinarias palabras de
E.Morin, “La idea de amor no se haya circunscrita únicamente alrededor de la
reproducción de la pareja, de la familia, del clan, de la nación: ha surgido
como idea general, que expresa una ética propiamente humana-“amaos los unos a
los otros”- y una exigencia orgánica de humanidad-“el género humano es la
internacional”4 La ternura forma parte de las relaciones de poder entre el niño,
la niña y sus progenitores, muy en particular con la madre. Es su relación primera
y primaria con el mundo , casualmente con el adulto y con el adulto femenino.
La madre es la matriz de origen, es la relación biológica bañada de afecto, de
cariño. Es sin lugar a dudas la comunicadora privilegiada de un imaginario
simbólico que marcará el proyecto personal de vida del niño, de la niña. Y es
que la fuerza de este vínculo inaugural de la condición humana, es el fundamento
de toda pedagogía que se quiera permanentemente crítica e innovadora de las
demás relaciones humanas en el desarrollo de cada individuo y de sus colectivos
de pertenencia. Ciertamente que la pedagogía tiene como irrenunciable tarea la
de contribuir al desarrollo de cada individuo en cuanto autónomo, es decir, el
acceso a lo que E.Morin llama el paso al autos.
La protección:
un camino errático de la pedagogía de la ternura
Poder que desde la Ternura se tiende a
expresar como protección- e inexorablemente- cuando de niños y niñas se trata.
Desde el pacto social de la modernidad en el que formalmente todos los seres
humanos gozaban de los mismos derechos, en la práctica la mujer y la infancia
quedaron excluidos como actores sociales, como válidos interlocutores en la
política, en las cuestiones de carácter público. Sin embargo fueron asumidos
sub especie de sujetos de protección por parte del estado y de la sociedad. La
pedagogía toda estará -desde entonces con mayor fuerza justificatoria- marcada
por este paradigma de la protección y el maestro será una especie de tutor, de
protector del niño, niña que se le confíe. El episteme de la protección así
entendida, deviene un factor de perversión de la práctica pedagógica revestida
de ternura. Y es que la incoherencia entre una proclamación principista de
igualdad del niño con los demás seres humanos y una desigualdad inocultable en
el tejido social, favorece el recurso a expresiones de consideración, de trato
y de afectuosidad para adulcorar la flagrante discriminación y exclusión de la
infancia en el mundo adulto in toto. Por ello, hoy se ha reinstaurado, y no sin
razón, el paradigma de la protección llamada integral, como el eje conceptual y
práctico de la relación de la sociedad con la infancia y de la responsabilidad
exigible al Estado.
Es gracias al
psicoanálisis que hoy sabemos mejor, y en esto la contribución de J. Lacan es
fundamental como reto a desarrollarla, que la protección puede significar para
el niño una de las experiencias más angustiosas de desamparo, por paradójico
que ésto parezca. Podríamos decir que esto no es privativo del niño, aunque en
la infancia pueda tener una significación más desgarradora.
Puede
acontecer lo mismo con población adulta o anciana que en el crepúsculo de sus
vidas experimentan la desprotección más cruel. Y es que devenir en objeto de
beneficencia resulta en uno de los mayores desamparos.
La Ternura,
entonces, nos coloca ante otro epicentro en la relación adulto, adulta-niño,
niña. Ambos estamos ante un cuarto elemento como diría Lacan, lo que hay detrás
en el deseo de uno y otro, de una y otra. Y es que los tres tiempos del que nos habla
Lacan, el de la escucha, el de la comprensión y el de la conclusión, demandan
una relación del adulto, adulta-niño-niña que no suprima o haga un collage
inmaginaire, en palabras lacanianas, saltándose el comprender de ser así, la
escucha se transforma en un simple oir –acción meramente fisiológica-y la
conclusión, en una decisión arbitraria cuanto temeraria, por ello
antipedagógica.
Si bien
sentirse protegido deviene en una necesidad de sobrevivencia física y emocional,
la sobreprotección puede preparar formas y estados de angustia y desamparo que
incluso suelen ser resultado de nobles, pero equivocadas, expresiones de
afecto. Pero se hace indispensable asumir avances que desde el psicoanálisis se
han hecho en relación a lo que B.Bettelheim recordaba, “El niño necesita que se
le dé la oportunidad de comprenderse a sí mismo en este mundo complejo con el
que tiene que aprender a enfrentarse, precisamente porque su vida a menudo le
desconcierta...”12 Dejarlo en la boca del cocodrilo, como Dupret señala
recordando la imagen que utilizara Lacan, puede brindar una engañosa protección
al niño y que de no mediar la intervención del padre o de quien haga sus veces,
podría sumir al niño en una situación de insospechadas consecuencias no sólo comporta
mentales, sino psíquicas.
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