Introducción
¿Quién de nosotros no se ha conmovido
al contemplar en nuestras ciudades los cinturones de miseria en los que viven
multitudes en condiciones infrahumanas?, ¿quién no ha sentido pena al ver
deambular por las calles a indígenas desarraigados tratando de sobrevivir
vendiendo lo que sea y llevando tras de sí, invariablemente, dos o tres
chiquillos famélicos...?
En nuestra patria, tan rica en
posibilidades viven millones en extrema pobreza, en caseríos diseminados a lo
largo y ancho de nuestro territorio sin la menor esperanza de un futuro mejor.
Cuántos deben abandonar sus lugares de origen para tratar de ir "al otro
lado" en ese vergonzoso espectáculo de los indocumentados expuestos a toda
clase de peligros por parte de los "polleros" y otros explotadores,
porque en México no tienen oportunidades de progresar.
¿Por qué tienen que organizar
"marchas" extenuantes y plantarse sea en el zócalo de la capital o
ante Los Pinos para ser escuchados?, ¿Por qué existe el
triste espectáculo del ambulantaje que invade incontrolablemente las ciudades
dañando al comercio establecido, favoreciendo la piratería, la venta de
artículos robados en los asaltos a mano armada a los trailers, comerciantes
ambulantes, ellos mismos explotados por corruptos líderes y hasta por las
autoridades coludidas con un sistema podrido hasta sus raíces...?
Es entonces que cualquier corazón bien
puesto se rebela en contra de la injusticia integral, de la corrupción total,
de la explotación del hombre por el hombre, de sistemas políticos y económicos
factores de insultantes y terribles desigualdades. ¿Cómo remediar tanta
injusticia?, ¿cómo proporcionar a los pobres las oportunidades de sobrevivencia
honesta?, ¿cómo corregir el rumbo social desviado desde hace decenios o siglos?
Surge la tentación de radicalizarse con
las "izquierdas" y adoptar aquella ideología que promete un cambio de
estructuras sociales de una vez para siempre: el marxismo. Obispos, teólogos, sacerdotes y laicos católicos, han tratado de lograr
el anhelado cambio en la llamada TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN, que analizaremos en
el presente estudio.
Origen de la Teología de la liberación.
Siendo la TEOLOGIA la ciencia que
estudia "las cosas de Dios" y la palabra LIBERACIÓN significando lo más preciado para el hombre: la libertad, parecería que las dos
palabras juntas significarían algo bello, sumamente bueno y deseable, pero
veremos cómo la realidad de esta expresión es muy diferente.
La Teología de la Liberación tuvo su
origen en Europa. Desde 1917 Walter Rauschembusch, teólogo alemán con fuerte
influencia marxista, lanzó las ideas iniciales en su libro "Una Teología
para el Evangelio Social". Después otros teólogos principalmente
protestantes, alemanes y holandeses, desarrollaron la "Teología de la
Esperanza".
Al final de la II Guerra Mundial, la
iglesia Católica Holandesa era tan conservadora como cualquiera otra de Europa,
pero empezó a hacer experimentos con la "democracia eclesiástica"
llegando al concilio Vaticano II con proposiciones reformistas muchas de las
cuales fueron inaceptables y rechazadas.
Después del concilio apareció el
controvertido "Catecismo Holandés" que ponía como discutibles asuntos
el celibato sacerdotal o la infalibilidad del Papa, entre otras cosas. La ola
del liberalismo en la década de los sesentas trajo como consecuencia una
dolorosa deserción de sacerdotes y religiosos y una dramática reducción de
vocaciones de la que apenas parece se están reponiendo algunas Diócesis fuera
de Europa.
En el mes de mayo de 1985 S.S. Juan
Pablo II visitó por 5 días a Holanda y pocos viajes de su Santidad han
provocado tantos problemas, poniendo de manifiesto no solo la intolerancia
protestante sino las dificultades internas de una Iglesia Católica
profundamente dividida en dos bandos: conservadores y
progresistas.
En América Latina
Pero es realmente en América Latina en
donde la teología de la liberación adquirió verdadera fuerza, debido
principalmente a misioneros holandeses y españoles y de una manera muy especial
al sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez y a sus seguidores Clodovis y Leonardo
Boff, sacerdotes brasileños. Las principales obras de los hermanos Boff son "Eclesionesis, las comunidades de base reinventan la Iglesia"
y "Teología de lo Político". Leonardo fue condenado al silencio en
mayo de 1985 por el Vaticano, prohibiéndole toda enseñanza sea oral o escrita.
Otro sacerdote radicalizado fue Hugo
Assman, que no solamente abandonó el sacerdocio sino que se hizo protestante y
en la república de San Salvador el sacerdote jesuita español Jon Sobrino.
Hija legítima de la teología de la
liberación, es la llamada "Iglesia Popular" muy activa en Nicaragua y
condenada extensamente por la conferencia episcopal de América Central en el
libro titulado "Juan Pablo II en América Central; balance de una
visita".
Es indudable que las conclusiones a las
que llegaron las conferencias episcopales de Medellín, Colombia, en 1968 y de
Puebla, México, en 1979, fueron fuertemente influenciadas por los teólogos de
la liberación acerca de la "opción por los pobres y jóvenes", dando
así un fuerte impulso a sus seguidores.
Algunos califican a Medellín como la
"matriz" de este movimiento (Vicente Mariano en su libro
"Continuidad y Evolución del Magisterio en torno al comunismo, socialismo
y marxismo).
Algunos esperaban que la conferencia de
Puebla fuera más allá de Medellín, pero Juan Pablo II, bien conocedor y víctima
del marxismo, se encargó de poner las cosas en su sitio cuando en su discurso
en la Basílica de Guadalupe dijo con muy fuerte voz a obispos y sacerdotes que
abarrotaban el Santuario: "sois sacerdotes y religiosos, no sois
dirigentes sociales, líderes políticos o funcionarios del poder temporal",
arrancando una impresionante ovación entusiasta de los asistentes.
La opción de la Iglesia por los pobres
fue matizada con la palabra "preferencial", cosa que decepcionó a los
teólogos de la liberación ya que la "opción preferencial" ya no es
exclusiva ni excluyente. A los radicales, por definición, no les gustan los
matices.
El lenguaje ambiguo
Al estudiar la teología de la
liberación, hay que tener mucho cuidado con el significado que se quiere dar a
las palabras, ya que usando términos cristianos, se expresan conceptos
enteramente distintos y hasta contradictorios. Es toda una estrategia que hay que
discernir para no verse envuelto cándidamente en ideologías equivocadas.
Ejemplo de esto es precisamente la
palabra "liberación" que usan como sinónimo de "salvación"
al mismo tiempo que distorsionan el concepto. La salvación del hombre ya no es
como la Iglesia nos ha enseñado, el triunfo final del hombre al entrar al
cielo, sino la liberación de la clase oprimida al vencer a los opresores, o
sea, los ricos.
Al hablar de "Cristo Liberador" ya no están hablando
de nada trascendente, sino de Jesús como un caudillo temporal, algo así como un
Simón Bolívar con pelo largo. Consecuentemente la palabra tan importante "Redención",
pierde su significado espiritual para ser un hecho sociopolítico; un proceso
político al que la filosofía marxista proporciona las líneas esenciales. La fe
se transforma en "práxis" (práctica), acción "redentora" en
el proceso de la liberación.
Una "re-lectura" de la Biblia
Aquel dicho de que "Nada es verdad
ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira", es una de
las fallas de la teología de la liberación, porque presionados emocionalmente
por la pobreza y las injusticias y animados por las teorías marxistas, se
recurre a la Sagrada Escritura pero oyéndola "desde los pobres".
Así entresacan e interpretan todos los pasajes
bíblicos relacionados con el binomio "opresión-liberación" para darle
a su ideología tintes cristianos. Del Antiguo Testamento hacen mucho hincapié
en la liberación del pueblo elegido de la opresión faraónica en el libro del
Exodo. Es cierto que Dios liberó a Israel de una servidumbre política, pero no
para un fin político, sino para que libres y sin impedimento político alguno,
se unieran más a Dios por una alianza sellada en el Sinaí para servir a Yahvé y
merecer la tierra prometida.
Cuando más tarde, en castigo por sus
pecados principalmente de idolatría fueron llevados cautivos a Siria y
Babilonia, Dios los liberó en tiempos de Ciro el Persa con fines religiosos:
reconstruir el templo y ser adorado en él.
La palabra liberación aparece en muchos
Salmos, pero ya se trate de enfermedades, de males materiales, espirituales o
de enemigos físicos, siempre el trasfondo es espiritual.
Por lo que se refiere a los profetas,
es cierto que en muchos lugares de la Biblia, los pobres claman justicia en
contra de los ricos, los opresores y explotadores, pero siempre en relación con
Dios. La justicia humana es inseparable de la justicia Divina. Dios, tanto en
los Salmos como en los profetas, es quien se muestra defensor y liberador de
los pobres. "Ni de la izquierda, ni de la
derecha me vendrá la salvación, sino de lo alto".
Del Nuevo Testamento traen como prueba
para sus fines principalmente tres versículos del Cántico de la Virgen María,
el "Magnificat":
"Desplegó (Dios) el poderío de su brazo
dispersó a los soberbios de corazón,
derribó del trono a los poderosos,
enalteció a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió vacíos" (Lc.1,51-53)
Tales versículos son paralelos con
otros lugares de los Salmos y de los Profetas y expresan lo mismo que
Jesucristo predicó varias veces en el Evangelio: que humillaría a los soberbios
y levantaría a los humildes, pero de ningún modo se refiere a un enfrentamiento
entre ricos y pobres.
Las Bienaventuranzas no tienen ningún
sabor político. No contraponen a pobres y ricos; por el contrario, suponen un
cambio, una renovación interior, una conversión del corazón. La dicha es
proclamada para los pobres con tal de que la pobreza brote del espíritu. La
liberación más profunda, más urgente, aquella del mal mayor que es el pecado,
no exige ningún cambio político.
El campo del pecado no se limita a
estrecheces económicas o a estructuras sociales. Sus raíces están en el corazón
del hombre que libremente debe cambiar no por medios violentos sino por una transformación
interior por medio de la gracia.
Con esa "re-lectura" de la
palabra de Dios, con un atrevimiento insólito, se replantea una nueva religión: la "religión del pueblo", profesada por otra nueva iglesia, la
"Iglesia Popular". Aquí nada más recordaremos dos puntos consecuencia
de esa interpretación; otros más radicales los mencionaremos cuando expliquemos
y demostremos su conexión con el marxismo.
1. La Redención obrada
por Jesucristo pierde su fin principal que es la salvación de las almas y pasa a
ser una salvación meramente terrenal: la liberación de los pobres de las
opresiones políticas y económicas.
2. El Evangelio pierde
su carácter espiritual y sobrenatural para convertirse en algo puramente
mundano. Con razón la Santa Sede en su documento "instrucción sobre
algunos aspectos de la Teología de la Liberación" concluye drásticamente
diciendo:
"La teología de la liberación
propone una interpretación nueva del contenido de la fe y del verdadero
cristianismo. Se aparta gravemente de la fe y de la Iglesia; aún más,
constituye la negación práctica de la misma".
Las bases del marxismo
1. En el materialismo
histórico como un dogma, Carlos Marx decide que Dios no existe, niega la
inmortalidad del alma y en consecuencia todas las religiones deben ser abolidas.
La historia de la humanidad se desarrolla ciegamente por causas económicas y
estructuras opresivas.
2. La propiedad privada
de los medios de producción es un robo, por lo que se impone el
"comunismo" o sea la propiedad comunitaria de tierras y fábricas.
3. Lucha de Clases: la
única manera de cambiar las estructuras injustas es la lucha de clases: proletariado contra capitalistas.
El rotundo fracaso del marxismo
Con los eventos políticos de 1989
(derrumbe del muro de Berlín, desmembramiento de la Unión Soviética), cambió
igualmente el escenario teológico. Hasta entonces el marxismo había sido
considerado como una fórmula aparentemente válida para la correcta configuración
de la acción histórica. Presuntamente poseían el método estrictamente
científico que sustituía la fe con la ciencia y la praxis. Todas las promesas
de la religión podían llegar a ser una realidad con una praxis política
científica.
Pero la aplicación de estos métodos no
había conducido a la Unión Soviética y países sino a una pérdida radical de
libertad y al empobrecimiento dramático de aquellos que se intentaba
"redimir". Apareció ante el mundo el fracaso científico, político,
económico y social del marxismo.
Teología de la liberación y marxismo
Evidentemente, el ateísmo de Marx no es
compatible con ninguna teología, pero habiendo aceptado como un hecho
científico el análisis histórico de Carlos Marx, los teólogos de la liberación,
adoptan la lucha de clases para obtener sus fines.
Para ellos la doctrina social de la Iglesia es tan solo "reformista y no
revolucionaria" y por lo tanto la desprecian por inadecuada e ineficaz. La
única solución viable es la lucha de clases.
Ya dentro del pensamiento marxista, la
teología de la liberación se ve forzada a aceptar posiciones y situaciones
incompatibles con la visión cristiana del hombre, porque el que admite una
parte del sistema, tiene que admitir la base en que este sistema se funda y el marxismo se apoya en los siguientes principios o normas:
1. Su doctrina es
inseparable de la práctica, de la acción y de la historia, que está unida a la
práctica. La doctrina y la práctica son un instrumento de combate
revolucionario. Este combate es cabalmente la lucha del proletariado contra los
capitalistas. Sólo así cumplirán su misión histórica.
2. Unicamente el que
participa en esta lucha “toma partido por la liberación del oprimido y cumple
su misión histórica”. La lucha es una "necesidad objetiva". Negarse a
participar o permanecer neutral, es ser cómplice de la opresión. En este punto
su pensamiento es clarísimo: "Forjar una sociedad justa, pasa
necesariamente por la participación constante y activa en la lucha de clases
que se opera ante nuestros ojos" (Gustavo Gutiérrez, "teología de la
liberación" pág.355). "La neutralidad es imposible" (pág.355). Clovis Boff, por su parte en "Teología de lo político",
pág.410, afirma: "La teología es objetivamente parcial y clasista."
3. Como la ley
fundamental de la historia es la lucha de clases, es una ley universal y
aplicable a todos los campos: político, social, religioso, cultural, ético,
etc.
Consecuencias Inadmisibles en la
Sociedad y en la Iglesia
1. La teología de la
liberación pervierte, anula, el mensaje y la misión que Dios ha confiado a la
Iglesia: la salvación para la vida eterna de la humanidad.
2. La Liturgia de la
Misa se convierte en una celebración de un pueblo en lucha, fomentando el odio
y la desunión.
3. Toma como base no el
hecho de las diversas clases sociales, con sus desigualdades e injusticias,
sino la teoría de la lucha de clases como ley fundamental.
4. Introduce en la
Iglesia la lucha de clases: laicos contra sacerdotes; sacerdotes contra
superiores y obispos; confrontación y desobediencia contra el Papa.
5. La historia de la
salvación operada por Dios en la humanidad, se reduce a la liberación de toda
opresión, aún a costa de la supresión del opresor. De ahí el apoyo a las
guerrillas y al terrorismo.
6. El Reino de Dios
consistiría en la liberación humana que se realiza dentro de la historia y
produciría la redención del hombre por la lucha de clases; Juan Pablo I nos
advirtió que el Reino de Dios no puede ser confundido con "el reino del
hombre".
7. Se llega a
identificar a Dios con la historia.
8. Las virtudes
teologales toman otros significados: La fe sería "fidelidad a la
historia"; la esperanza vendría a ser "la confianza en el
futuro" y la caridad es la "opción por los pobres". De esta
manera, se priva a estas virtudes de su carácter teologal (su relación directa
con Dios) y se convierten en supuestas virtudes meramente humanas. Es la
herejía del "horizontalismo".
9. Si la caridad se
identifica con una radical "opción por los pobres", exige
automáticamente la lucha de clases y por tanto ya no se puede amar a todo
hombre sin importar su clase social ni se puede uno acercar a un rico por el
camino del diálogo, de la persuasión en la paz. Los ricos son enemigos de clase
a los cuales hay que destruir. El precepto universal del amor, solo existirá al
fin en la "nueva humanidad", la que surgirá de la "revolución
triunfante".
10. Consecuencia lógica
de esta manera de pensar es la puesta en acción de la lucha de clases por medio
de guerrillas y terrorismo, azote de muchos países latinoamericanos, que han
costado tantas vidas inútilmente.
11. A la Iglesia se le
considera simplemente como una realidad histórica, resultado de fuerzas
socio-económicas, sin carácter sobrenatural.
12. La verdadera iglesia,
según ellos, es la "Iglesia de los Pobres", en un sentido nota solo preferente sino excluyente. Es una Iglesia de
clase, en oposición con la institución que conocemos.
13. La Eucaristía, por lo
tanto, deja de tener sentido y de hecho la relegan a un segundo plano y la
pervierten ideologizándola. ¿Cómo pueden participar en la Misa clases opuestas
y enemigas? Ya no es la actualización del sacrificio redentor de Cristo,
presencia real y donación, sino la celebración de un pueblo en lucha.
14. La bella definición
del concilio Vaticano II de la Iglesia como "pueblo de Dios", se
convierte en "Iglesia del pueblo" a secas, considerando al pueblo,
obviamente, como la clase oprimida a la cual hay que concientizar e instruir
para lanzarlos a la lucha libertadora.
15. De acuerdo con esta
concepción de "Iglesia del pueblo", se critica y ataca a la verdadera Iglesia no para corregir posibles abusos,
sino atacando su misma estructura sacramentaly jerárquica, tal como la fundó
Nuestro Señor Jesucristo.
Tanto la jerarquía como el magisterio
son colocados con la clase opresora y dominante a la que hay que combatir.
Llegan a decir que es el pueblo la fuente de los ministerios sagrados y que
puede nombrar a sus ministros por elección popular, según las necesidades de la
misión revolucionaria. ¡Nada menos que un sindicato más!
16. Dan a la muerte de
Jesucristo una interpretación exclusivamente política, viéndola como el
resultado de la lucha liberadora de Jesús contra la clase opresora. Pierde así
la redención, su valor salvífico sobrenatural.
17. Los símbolos se
interpretan de una manera diferente. Por ejemplo, mientras San Pablo ve en el
Exodo la figura del bautismo que libera del pecado, los teólogos
liberacionistas lo interpretan como un símbolo de la liberación política.
18. Los Sacramentos son
"celebraciones del pueblo que lucha por su liberación". Se indoctrina
al pueblo en este sentido por medio de homilías, cambios en la liturgia, etc...
para que tomen conciencia de clase y se les
anima a la lucha contra la "clase dominante". Curiosamente, así la
Iglesia viene a ser, según ellos, respecto a los pobres, lo que el partido
comunista pretendió ser para los proletarios.
19. La escatología, el
fin de los tiempos, es sustituida por el futuro de una sociedad sin
"clases" como meta de la liberación en la que se habrá hecho verdad
el amor cristiano, la fraternidad universal.
Síntesis de los errores
Todo este cúmulo de errores, puede sintetizarse de la siguiente manera:
a. El error radical está
en la interpretación de la Biblia "releyéndola desde los pobres" para
sacar de ahí una praxis inspirada en el materialismo histórico debido a Marx,
que niega la prioridad del ser sobre el hacer y por tanto de la verdad y del
bien de la acción humana. Este principio es totalmente falso y no es demostrado
ni demostrable.
b. La lucha de clases no
solo es un error porque es contraria a la caridad, sino que está equivocada
porque se le concibe como el motor ineludible y necesario de la historia,
negando la libertad de la persona y su capacidad para dirigir dicha historia
contando con la providencia Divina.
c. Además de negar o
distorsionar verdades fundamentales como son Cristo, la Iglesia, los
Sacramentos, etc. en la práctica conduce a someter a la Iglesia a una dirección
política determinada, no solo ajena a su misión sobrenatural, sino comprometiéndola
en una situación humana deplorable, ya que en el socialismo la persona no
cuenta ni se le reconoce su dignidad de hijo de Dios y su destino eterno.
La verdadera solución al problema
social
La Iglesia verdadera, la única, la
fundada por Jesucristo, Madre y Maestra, nos ha iluminado en este estudio. En
un célebre documento del 6 de agosto de 1984, "Instrucción
sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación", se hace notar que
llamar la atención sobre los errores contenidos en dicha teología, no quiere
decir que la Iglesia se mantenga insensible y mucho menos apruebe la miseria y
la injusticia de los pueblos. Muy al contrario, la Iglesia, guiada por el
Espíritu Santo, iluminada por el Evangelio y por amor al hombre, oye el clamor
de los pobres y acude en su ayuda con todas sus fuerzas.
La Iglesia tiene presente el compromiso
de Medellín y Puebla de trabajar preferentemente, no exclusiva ni
excluyentemente, por los pobres. Por eso, como tarea principal, obispos,
sacerdotes y laicos, acudirán al llamado a trabajar ardientemente por la
justicia. Los teólogos deberán colaborar con el magisterio al que reconocerán
como un don de Cristo a su Iglesia y acogerán sus enseñanzas con filial respeto
y obediencia.
La verdadera liberación, como lo afirmó
el Papa en su discurso inaugural de Puebla, debe tener como fundamento una
triple verdad: la verdad sobre
Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, imagen de Dios,
elevado a la vida Divina por la gracia Santificante, hijo de Dios y con un
destino eterno.
El fundamento de la justicia radica en
reconocer las relaciones del hombre con Dios, las que regulan las relaciones de
los hombres entre sí. La lucha por la justicia y los derechos humanos, tienen
como base la dignidad de cada hombre como hijo de Dios y por tanto los medios
empleados deben respetar esa excelsa dignidad.
La iglesia rechazará siempre la
violencia ciega y sistemática, venga de donde viniere. Es una ilusión creer (en
contra de lo que la historia misma demuestra) que de la violencia surgirá la
paz y la justicia.
El cambio anhelado de la sociedad no se
ha producido ni se producirá por la violencia exterior, sino por el cambio del
corazón del hombre, por una conversión interior. El cambio de estructuras, sin
el cambio de los corazones, no producirá el "hombre nuevo", como lo
hemos experimentado en nuestra patria con la independencia o con la revolución.
Ninguna revolución violenta ha conducido a la justicia y al bienestar.
Los hechos contemporáneos (y contra los
hechos no hay argumentos) nos muestran la verdad de la inutilidad de la
violencia para lograr la libertad y la justicia social. En los Balcanes, en
Africa negra, en Sudamérica, en nuestra propia patria, la violencia ha generado
un estado peor que el que se quería remediar.
La lucha de clases como camino a la
justicia es simplemente una tremenda falsedad, un mito que de aplicarse lo que
hace es impedir la verdadera solución al problema de la miseria e injusticia.
¿Cuál es entonces el verdadero camino
hacia la justicia? El que se ha descuidado o despreciado hasta ahora: la
enseñanza social de la Iglesia. No solamente los teólogos y los católicos, sino
todo el mundo, todos los que tienen que ver con asuntos laborales, económicos,
políticos y sociales, deben estudiar a fondo esta doctrina, que tiene sus
fundamentos en el pensamiento ya antiguo del pueblo de Israel, en las enseñanzas de Jesucristo y del magisterio de la
Iglesia desde los primeros siglos de su existencia.
Se sabe, por ejemplo que un año antes
de que Marx publicara su famoso "manifiesto del partido comunista" en
1847, el Papa Pío IX por medio de la encíclica "Qui Pluribus" (1846),
condenaba ya, entre otros errores al comunismo.
En 1891 León XIII expuso la doctrina
social de la Iglesia en la Encíclica "Rerum Novarum". En ella no
encontramos solamente ciencia humana, conocimiento de las realidades sociales
sino también y sobre todo, la luz del Espíritu Santo que conduce a la Iglesia y
quiere iluminar por medio de ella a la humanidad entera.
Juan Pablo II rescata para los tiempos
actuales esta Doctrina editando en 1981 la formidable "Laborem
exercens" y en el centésimo aniversario de la carta de León XIII, la
"Centésimus Annus" e invita al mundo entero a estudiar y aplicar los
principios sociales que Dios nos inspira. Abandonar, sin haberla estudiado,
esta enseñanza para inspirarse en ideologías falaces desde el principio, es
absurdo.
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LA JUSTICIA SOCIAL.
- La sociedad asegura la justicia
social procurando las condiciones que permitan a las asociaciones y a los
individuos obtener lo que les es debido.
- El respeto de la
persona humana considera al prójimo como "otro yo". Supone el respeto
de los derechos fundamentales que se derivan de la dignidad intrínseca de la persona.
- La igualdad entre los
hombres se vincula con la dignidad de la persona y a los derechos que de ésta
se derivan.
- Las diferencias entre las personas
obedecen al plan de Dios que quiere que nos necesitemos los unos a los otros.
Esas diferencias deben alentar la caridad.
- La igual dignidad de
las personas humanas exige el esfuerzo para reducir las excesivas desigualdades
sociales y económicas. Impulsa a la desaparición de las desigualdades inicuas.
- La solidaridad es una
virtud eminentemente cristiana. Es ejercicio de comunicación de los bienes
espirituales aún más que comunicación de bienes materiales.
Catecismo de la Iglesia Católica